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Pequeños montones de tierra. Seca, polvorienta. Solo veía eso. Y la hacía enfurecer. Como una mancha en una sábana inmaculada. Esta tierra que formaba parte de ella. Esta tierra era la vida que le recordaba a cada instante que ya no era la misma. Que ahora era una... Desde ese maldito día.

Agonía apenas lograba avanzar. El peso de los minerales que cubrían su cuerpo constituían una enorme carga. Tanto en sentido literal como figurado. Después de todo este tiempo, todavía no había logrado acostumbrarse... Peor aún: cada día que pasaban los Doce, maldecía esta apariencia infame. Criatura medio orgánica, medio aparecida, esta era ahora su situación. Habría preferido perder también su alma, para, al menos, no tener conciencia de lo que era.

De tanto esperar y ansiar la perfección, la nigromante había terminado por dejarla escapar. Thanatena la cogió desprevenida. Desde entonces, repasa la escena en su cabeza una y otra vez. Las puertas enormes de Externam. Este mar de manes arrastrados hacia la salida, como si fuesen ganado. El corazón lívido, entre sus manos. Y a continuación, lo inevitable. La elección, que no fue solo una. Y para terminar, la revelación de la traición por parte de su propia carne...

Cada día, Agonía seguía el mismo ritual. En frente de un espejo gigante que había instalado en la sala en la que pasaba la mayor parte del tiempo con más luz, se quedaba de pie, inmóvil. Revisaba con lupa cada centikámetro de su piel. Un castigo que se infligía para hacerse pagar el precio del error cometido. El de su ingenuidad.

«Criatura infame...»

Un susurro casi inaudible. Los labios de la nigromante apenas se movieron. Casi como si su alma tomase la palabra.

Se oyeron tres golpes, seguidos del chirrido de una puerta. Y después, una voz cascada por la edad.

—Tiene visita, señora.

—Otra vez... Cuándo lo va a entender...

—Ya sabe cómo es esto, señora. A los niños hay que repetirles las cosas a menudo...

—Hazlo pasar. Pero dile que tengo muy poco tiempo para dedicarle.

—Muy bien, señora.

Suspiró profundamente. Sentía una mezcla entre molestia y aprensión. Las visitas de su hijo traidor eran cada vez más frecuentes.

—Estás radiante, madre...

—Siempre con este humor mordaz... Se nota de quién eres hijo...

—Es acogedor. No conocía este lugar. ¿Has hecho obras? La última vez que vine, tu torre no me pareció tan alta.

Quizás es el último intento desesperado para que la gente deje de venir a verme, ¿quién sabe? Es obvio que no ha funcionado muy bien...

Parece que te molesta ser la nueva atracción del lugar, ¿me equivoco?

Agonía cerró los puños. Su mandíbula, bien apretada, le producía una migraña de wauwau. ¿O era por el peso de la enorme piedra que emergía de su cráneo?

—¿Qué vienes a pedirme esta vez?

—Solo lo que me pertenece.

—No tienes vergüenza...

—Por lo que cuentan, lo he heredado de mi madre.

Agonía, que hasta ese momento le daba la espalda a su visitante, se dio la vuelta bruscamente, saliendo así de la sombra. Raval se estremeció; era incapaz de acostumbrarse a la nueva apariencia de su madre.

Te sigue provocando el mismo efecto, ¿eh? Que sepas que a mí también... Cada día. Cada hora. Cada segundo que pasa...

La Mediomuerta se acercó lentamente. Parecía que se deslizaba por el suelo. Su mirada lívida se topó con el Protector de septango. Cada vez que iba a verla, le parecía un poco más cercana a esos seres errantes y desproveídos de alma que podías cruzarte en los lugares más sórdidos del Mundo de los Doce. Salvo que Agonía tenía las cosas claras.

—Te habría ofrecido algo de beber o picar, pero no tengo nada. Desde que soy... «así», no lo necesito. Es increíble el tiempo que he podido perder nutriéndome y durmiendo cuando todavía era una docera en plena posesión de mi ser...

—En el fondo, deberías darme las gracias.

—De verdad, no sabes dónde está el límite...

—Al final, padre y tú no sois tan diferentes ahora. ¿A lo mejor ha llegado el momento de reconciliaros?

—¡Te prohíbo que me compares con este siniestro chafer! Kreakráneo y yo no tenemos nada en común, ¿me oyes? ¡NADA!

—Tranquilízate. No era mi intención abrir un nuevo debate familiar. Haced lo que queráis, ya sois mayorcitos...

Agonía avanzó un poco más. Esta vez, su cara estaba tan cerca de Raval que podía apreciar el más mínimo contorno con todo detalle. Su cuerpo, recubierto de materia orgánica, su piel gris, sus ojos vidriosos... Todo esto le chocó más de lo habitual. Agonía había cambiado. Por primera vez, lo que había engendrado le provocó algo parecido a la compasión. Pero el Protector de septango se recobró con rapidez. Se acordó de por qué había venido.

—¿Dónde está?

—En tu...

Raval agarró el brazo de su madre.

—¿DÓNDEESTÁ?

La voz del Protector de septango resonó en toda la habitación, provocando algunos escombros de piedras.

—Veamos... ¿Crees que esta es forma de dirigirte a tu madre?

—No podrás esconderlo eternamente. ¡Es mío! ¡MÍO! ¿ME OYES?

Agonía se puso a reír a carcajadas. Cada vez con más fuerza. Raval se fue, desconcertado.

—¡¡¡Ja, ja, ja!!! Pero mira... Pobrecito, mi hijo. Parece un niño haciendo una pataleta. Vales más que eso. Deja de hacer el ridículo. Pierdes el tiempo... El corazón lívido me pertenece. Tú ya has hecho bastante daño, ¿no te parece? Mírame... ¡MÍRAME!

La nigromante pegó su cara a pocos centikámetros de la de su hijo y le miró fijamente a los ojos.

—¡ESTO es CULPA TUYA!

Raval intentó librarse, pero esta vez, Agonía lo tenía cogido con firmeza por la muñeca.

—No supiste esperar. ¡Me tendiste una trampa! ¡Aquí tienes el resultado! ¿Y encima, quieres que te ceda la única cosa que me permitiría volver a ser como era antes? ¡PEQUEÑO INSOLENTE!

Al pronunciar estas palabras, un tentáculo surgió de las piernas de Agonía y se enrolló alrededor de las de Raval. Después, lo levantó por los aires.

—Dame una sola razón que me impida deshacerme de ti ahora mismo...

—Todavía me necesitas ...

—Has perdido.

La nigromante mostró una sonrisa carnívora. Parecía que había doblado su tamaño, habitada por la cólera y el rencor. Levantó a Raval todavía más alto y empezó a hacerlo girar por los aires.

—¡Me lo has robado todo! ¡Mi cuerpo, mi memoria! ¡MI IDENTIDAD!

Sacó otro tentáculo. Con el primer tentáculo, lanzó a Raval como si de una vulgar jalabola se tratara. El protector, aterrado, ya no conseguía ni gritar. Se asfixiaba.

—Te di la misión decrear los mediomuertos...

Esta vez, agarró un pie de Raval con cada tentáculo.

—¡No de convertirme en uno de ellos!

Raval sintió un dolor intenso extenderse por el interior de sus muslos, de la ingle hasta las rodillas. Sus músculos se tensaron. Pero no solo eso. También sus ligamentos... Los tentáculos lo estiraban cada uno hacia un lado. Como si se lo arrancaran.

—¡DEJA DE HACER ESO!— consiguió gritar en un último esfuerzo.

—¡DAME SOLO UNA BUENA RAZÓN PARA NO HACERLO!

—¡SOY TU HIJO!

De repente, los tentáculos soltaron al protector que chocó con varias rocas aparentes que salían de las paredes, antes de caerse fuertemente en el suelo. Con el cuerpo herido, Raval tardó varios segundos en levantarse. Un sollozo se escuchó desde el fondo de la habitación. Agonía, que había vuelto a su tamaño inicial, parecía ahora más vulnerable que un niño, encogida en sí misma y llorando como una magdalena.

—No estás lista... No voy a insistir esta vez.

—D... Déj... Déjame... 

—Volveré, te lo aseguro.

—¡QUE ME DEJES!

—Una última cosa. Tengo que asegurarme de que en la siguiente visita no vas a ser tan... apasionada.

—¿Pero qué...? ¡NO!

Raval sacó 3 cadenas de sus manos. La primera, compuesta de aglomerado detierra y de polvorosas; la segunda, hecha de hielo, y la última, constituida por completo de aire, pero no menos sólida que las demás. Se enrollaron alrededor del cuerpo de la nigromante y la inmovilizaron sin que tuviese tiempo de reaccionar.

—Ha sido un placer volver a verte. Hasta pronto... mamá.

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