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«A la derecha, podemos ver la prisión del reino. Un poco más lejos, en el horizonte, el gigantesco árbol que emerge del bosque es el Árbol de Vida. Hubo un tiempo en que este...». Alp desconectaba. El tono aburrido con el que el guía del asilo Sálviase Quien Pueda pronunciaba su discurso le causaba una profunda modorra. Su nivel de aburrimiento llegaba a tal extremo que se estaba quedando dormido...

Una vida entera viviendo las aventuras más emocionantes, yendo en busca de los tesoros más escondidos, viviendo las historias de amor más hermosas y a veces más imposibles... Y allí es donde había terminado. En un antro de viejos decrépitos y desdentados donde los días transcurrían entre siestas e interminables partidas al bingo; donde un puré de calawaza un pelín demasiado espeso podía ser motivo de escándalo y hasta de motín. Aquella visita excepcional al Reino Sadida habría podido animar su nueva vida de anutrof senil jubilado si no se hubiera parecido a los otros e incontables paseos insulsos cuya única actividad interesante era la recogida de bellotas.

Con sus 146 años, Alp rebosaba de energía y de juventud. Tenía que salir de aquella fab'hugruta.

«Fiuuuuuuuu... ¡¡TONG!!». Como si fuera la respuesta a su llamada de auxilio, una flecha se plantó a unos milikámetros de su nariz, en la corteza milenaria de un abráknido tan arrugado como él. En su trayectoria, la flecha había ensartado varias araknas, que habían pasado a mejor vida en el acto.

—No te preocupes, no han sufrido.

La ocra apareció como alma que lleva Rushu. Su olor la había precedido unos segundos... Recuperó la flecha y, con los pocos dientes que le quedaban, mordió con todas sus fuerzas la brocheta de patas carnosas y velludas.

—Hmm. Ef verdad... Eftán mejor fi fe afan un poco...

Alp estaba sorprendido y asqueado a la vez.

—Tú no eres de por aquí.

El anutrof estaba dientiabierto, hipnotizado por la boca de la docera. Mientras masticaba, esta dejaba ver unos dientes ennegrecidos. Tenía restos de carne de arakna hecha papilla en la comisura de los labios.

Me llamo Mimí. Déjame adivinar... ¿Estás con los andrajos y las arpías de Sálviase Quien Pudra?

La ocra señaló ligeramente con la cabeza al grupo de abuelos. Luego, siguió hablando.

—Los conozco bien. Prefiero morir antes que terminar así. Es que míralos... Se maravillan delante de un montón de hierba sin saber lo que hay debajo. ¡No se fijan en nada!

Alp miraba al pequeño grupo mientras se alejaba. Mimí siguió hablando en un tono más solemne.

El Reino Sadida, remanso de paz, el pulmón del Mundo de los Doce, como dicen ellos. No les falta razón. Tengo que reconocer que no he visto muchos lugares tan hermosos como este. Pero hay que ir con cuidado. ¡Tampoco es que estemos rodeados de besosetes, eh! El peligro acecha en cualquier lugar del Mundo de los Doce, incluso donde menos sospechas.

Los acompañantes y los huéspedes del asilo siguieron alejándose. Nadie había notado la ausencia de Alp. La ocra todavía estaba masticando una arakna especialmente correosa. Una pata se le salía de la boca, lo que le daba un aspecto feroz y ridículo.

—¡Creen que sois unos carcamales oxidados! Lo que necesitáis no es una excursión de jubiletas. ¡Os hace falta acción, peligro, emociones fuertes! ¿No estás harto de tener el trasero atornillado a una silla?

Alp sonrió de buena gana y asintió. Aquella excursión estaba dando un giro inesperado. Por fin estaba empezando a gustarle...

—Buenas noticias, amigo. Te has topado con LA única guía del lugar... En el Reino Sadida no solo meditamos, nos aireamos los pulmones y «reconectamos» con la naturaleza, como dicen los bontarianos que lo dejan todo para venir a vivir aquí. Es un lugar tranquilo, sí. ¡Pero eso no es todo! Ven, sígueme.

Mimí escupió al suelo y se limpió la boca con la manga. Alp estaba más feliz que un pío. Siguió a la aventurera antes de que desapareciera detrás de las ramas de unos árboles majestuosos. Después de caminar varios minutos a paso ligero, se detuvieron en seco. La ocra se agachó y le indicó a Alp que hiciera lo mismo. Se llevó un dedo mugriento a los labios para indicarle que no hiciera ningún ruido. Después, levantó una pesada rama repleta de largas hojas parecidas a las de una bananaranja. Frente a ellos, en el hueco del tronco de un árbol, había unas pequeñas bolas peludas acurrucadas.

—Shhhh... Mira. Son bebés gerbilindas —susurró Mimí.

—Qué lindooos —respondió Alp.

—Sí. Eso parecen. Pero, si te acercas demasiado a ellos, mamá gerbilinda no dudará en arrancarte la cabeza a mordiscos.

El anutrof tragó saliva.

—No te preocupes, estarás reencarnándote cuando te roa los huesos de los dedos del pie...

En ese momento, oyeron un grito agudo. Alp se tapó los oídos con la palma de las manos.

—Ah, parece que mamá está en casa... —dijo la ocra.

La madre de las gerbilindas apareció, o, más concretamente, su sombra. Amenazadora. Había sentido la presencia de los aventureros. Tenían que irse, y rápido.

Por el rabillo del ojo, Mimí veía lo asustado que estaba Alp con cierto placer juguetón... Era enternecedor. Y ella tenía un sentido del humor bastante travieso. El anutrof se sobresaltó cuando la ocra le agarró de la muñeca para ponerse en marcha. Juntos, dieron media vuelta y tomaron un camino que los obligaba a avanzar a rastras. A diferencia de su guía, Alp no era insensible a los roces de las zarzas ni a las picaduras de los insectos. Al pobre anutrof le costaba abrirse camino a través del bosque exuberante. Aquellos meses pasados en el asilo lo habían anquilosado. Cuando terminó el calvario, los dos aventureros llegaron a un lugar idílico.

Un puentecito precioso bañado por la luz. El sonido del agua al correr. Un arcoíris que iba desde una cascada de agua cristalina hasta la tierra colmaba el romanticismo del lugar... Un rincón especial, concebido para los amantes de la naturaleza y para los amantes a secas. Mimí se apoyó contra el pequeño muro de piedra del pontón, cerró los ojos y respiró profundamente. Alp aprovechó para observarla con mayor atención. Su envergadura era imponente, esculpida en una roca. Con sus hombros encorvados y su densa cabellera, enmarañada y llena de suciedad, se parecía a un animal salvaje y fornido. No era nada agraciada, no. Sin embargo, Alp apreciaba su presencia. Tenía algo que le gustaba. Su espontaneidad sin ningún tipo de reparo. De repente, la ocra abrió los ojos y se giró sonriente hacia el anutrof.

—¿No es mejor esto que no que a uno le pateen el trasero? —preguntó con una naturalidad capaz de ofender a un jalató.

Alp se acercó a ella para contemplar la vista del pequeño lago. Una cortina de gotitas de agua procedentes de las cascadas le refrescaba el rostro. Aquello era agradable.

—Esto es lo que me gusta de este sitio. Pasas de la Fab'hugruta a Incarnam. Mira cuánta belleza...

La ocra señaló con el dedo una flor majestuosa de color rosa malva. Sus pétalos caían con tanta gracia que parecía una bailarina en tutú.

—Me gustaría que algún tipo me regalara algo así...

El anutrof aguantó las ganas de reír. Por mucho que apreciara a Mimí, era difícil imaginar que un docero pudiera enamorarse de una aventurera tan alocada.

La ocra siguió hablando.

—Huele muy bien. ¿Has visto sus pétalos? Pues pueden esconder alguna que otra mala sorpresa...

Mimí apartó uno de los pétalos, poniendo al descubierto una arakna peluda y horrenda. Alp sintió un escalofrío en todo el cuerpo. La criatura miraba fijamente a los dos aventureros con sus 4 ojos saltones. Parecía confundida. Pillada por sorpresa, no tuvo tiempo de huir: «¡CHAC!», la ocra la cortó por la mitad con la tensa cuerda de su arco.

Alp dio un respingo.

—No pongas esa cara, eras tú o ella —dijo Mimí mientras limpiaba la sangre del arco con el faldón de su túnica.

Una gotita roja manchó la nariz del anutrof.

—¡Oh, vaya! Ha estado cerca... Lo siento, parece que casi te amputo la napia sin querer. ¡Los gajes del oficio! Cuando te digo que en el Reino Sadida no todo es de color de rosa... ¡Bueno, o de verde!

A pesar de lo malo de la broma, Mimí rio de buena gana.

—Ven, te mostraré el lugar más alucinante de todo el reino. Casi tanto como el Árbol de Vida...

Los dos nuevos amigos inseparables recorrieron lugares cuyo esplendor dejaba sin palabras, donde el denso verde de los árboles se fundía con el vivo azul de los lagos, donde el murmullo del viento y el canto de los pájaros componían la melodía más apacible. El tiempo no pasaba en aquel lugar. Era como si el paisaje se hubiera quedado inmóvil.

Frente a ellos se alzaba una interminable escalera de piedra. Mimí subió los escalones de cuatro en cuatro con una agilidad impresionante para alguien con su porte. Una vez más, a Alp le costó no quedarse atrás. La cima les ofrecía un espectáculo inigualable. Las copas de los árboles formaban una alfombra espesa y algodonada. Bandadas de pájaros salían volando de ellas en una coreografía milikamétrica. El sonido que hacían sus alas daba la extraña sensación de que los dioses estaban aplaudiendo.

Alp se puso a reír nervioso. De felicidad. En solo una tarde, se había topado con un raratón gigante dispuesto a todo para defender a su prole, se había enfrentado a su araknofobia y, lo más importante, había disfrutado del aire libre... Y todo ello en uno de los lugares más fantásticos y conservados del Mundo de los Doce y en compañía de una aventurera de la que, aunque no pudiera reconocerlo, estaba enamorándose por momentos...

El cabello de la ocra, por muy mugriento que estuviera, revoloteaba a merced del viento. Respiraba profundamente mientras contemplaba el horizonte, como si acabara de descubrir aquel lugar.

Alp ya no conseguía apartar la mirada de aquella lunática. Le daba tanto las gracias por haber hecho que se sintiera vivo otra vez... Mimí sintió el peso de su mirada puesta en ella. Se giró hacia el anutrof.

—¿Por qué me miras así, carroza? —le preguntó mientras se hurgaba la nariz.

De repente, la ocra se puso pálida. Su mirada, fija en algún punto a las espaldas de Alp, reflejaba su temor.

El anutrof se dio media vuelta. Una manada de milubos los rodeaban enseñando los colmillos. Estaban atrapados. Alp sacó la pala que llevaba a la espalda. Entonces, lo vio claro: la jubilación iba a tener que esperar.

Para él, la aventura volvía a empezar...