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Hasta hace unas horas, « era un aventurero como otro cualquiera. Uno de esos que han perdido el alma, o parte de ella, sumidos en la rutina de «dragopavo, mamporros y a dormir». Una rutina que no le disgustaba hasta entonces y a la que se había acostumbrado con sumo gusto. Y, precisamente, ese era el problema...

F se había acostumbrado a todo. Al grito ensordecedor de los monstruos a los que daba el golpe de gracia. A las súplicas de los rivales cuando estaba a punto de humillarlos. Al tiempo que pasaba yendo de una mazmorra a otra, de misión en misión, en vez de disfrutar de la compañía de los suyos...

En resumen, se había acostumbrado absolutamente a todo. Su cerebro disponía de más tiempo para hacer el balance de las cosas. Y el balance había hecho «bum» en él. Un electrochoque. Después de discutirlo en profundidad con su madre, Félix Fluk llegó a la conclusión de que era hora de recuperar las riendas de su vida.

Al día siguiente, hizo las maletas y lo dejó todo para dirigirse a Bonta. Allí volvería a los orígenes de su identidad de zobal: sería un artista callejero. Durante meses estuvo en la plaza de la ciudad, en contacto directo con su público, presentándose como Fluky Flex, bufón acróbata.

Al principio nadie se paraba, salvo la milicia, que quería echarlo de allí. Por la noche, dormía debajo de un puente. Volvía a la plaza de Bonta cada día. Siempre jugaba al gato y al ratón con las autoridades, pero, al mismo tiempo, empezó a tener cierta complicidad con el público. Cada vez lo saludaban más; le daban pan, legumbres y, a veces, hasta un poco de carne. Aunque también recibía insultos y amenazas. Por suerte, sabía defenderse. Y todo valía la pena. Era más feliz allí que en cualquier otro sitio.

*****

Una mañana, la milicia de Bonta llegó antes para... recibirlo. Al menos eso pensaba Félix. En realidad, un político estaba a punto de dar un discurso en la plaza. «¿Y por qué aquí?», preguntó el zobal. «¡Porque quiere estar en contacto directo con su público, bufón!», le respondieron.

Félix, lleno de curiosidad, se quitó la máscara de Fluky Flex para el resto del día y decidió esperar entre la muchedumbre para escuchar lo que diría aquel político y así poder juzgar sus ideas. El famoso político llegó dos horas más tarde. Alrededor de Félix había curiosos, partidarios y algunos detractores.

—¡Yo digo que va a salvarnos!

—¡No es más que otro charlatán! Viene directo de Amakna. Les ha soltado el mismo rollo que va a soltarnos a nosotros…

—¡Escuchémoslo! ¡Podríamos parar el Caos de Ogrest de una vez por todas si tomamos las medidas necesarias!

De repente, la muchedumbre se movió como un solo ser; empezó a formarse un alboroto. Entre cabezas y brazos levantados, Félix distinguió a un xelor con un sombrero puntiagudo que saludaba al gentío. Llevaba un traje azul noche muy elegante. Se instaló detrás de un atril, y un repentino silencio inundó la plaza.

—Amigos, vecinos, el Mundo de los Doce está en peligro.

Nuestra casa, nuestro hogar está sumergido… —Hizo una breve pausa y señaló en una dirección con el dedo—. ¡Y las aguas siguen subiendo! Fecas, osamodas, aniripsas, steamers, hipermagos, xelors: ¡todos están de acuerdo! La flora y la fauna, tanto terrestres como marinas, tienen los días contados. ¡¡¡NOSOTROS tenemos los días contados!!!

Sus palabras fueron recibidas con un clamor de aprobación que, sin duda, se oyó más allá de la ciudad.

—Los grandes de este mundo nos dicen desde lo alto de sus torres de marfil que controlemos nuestro impacto en el medioambiente. Que entremos en razón. Que consumamos menos recursos naturales pero que sigamos gastando nuestros kamas. Que no vertamos los residuos en la naturaleza, mientras que ellos mismos no dejan de producir más y más. ¿Es que tenemos que comérnoslos?

El político notó al público algo indeciso.

—Me refiero a los residuos, no a los grandes de este mundo. Aunque… bueno… ¡JA, JA, JA, JA, JA!

Su risa excéntrica y glacial heló al auditorio.

Si os unís a mí, podéis cambiar las cosas. Si no, eso quiere decir que estáis contra mí. Y, en ese caso, no podréis quejaros de las consecuencias…

Los murmullos que entonces se oían entre el público eran de descontento. El orador hizo un gesto a un ayudante, al cual Félix no podía ver, y se lanzaron fuegos artificiales. Las vivas luces y el estruendo enmudecieron las protestas. Pero, apartados de la muchedumbre, había unos jalatós enganchados a un carro, que estaban pastando tranquilos. Las repetidas explosiones los asustaron y salieron corriendo en estampida hacia donde se encontraba el público. Iban directos hacia Félix.

¡Bum!

*****

—¿Señor Fluky?… ¿Fluky Flex?

Félix abrió lentamente los ojos y vio a un joven aniripsa que llevaba unas gafas bifocales en la punta de la nariz.

—¿Dónde… estoy?

—Está en el centro aniripsa de Bonta. Soy el aniripsa Vabién. Llevo su caso desde que llegó hace veintiún días. Sufrió un accidente en la plaza de la ciudad durante un acto político. Un carro tirado por unos jalatós lo atropelló, y recibió un golpe en las costillas y en la cabeza.
—¿Hace veintiún días?
—Eso es. ¿Recuerda haberse despertado antes?
—No… para nada. Por cierto, mi nombre real es Félix Fluk. Fluky Flex es… mi nombre artístico.
—Está bien… —Apuntó algo en el expediente—. Pues se ha despertado usted varias veces y ha discutido con el personal sanitario.
—Ah, ¿sí? No… no me acuerdo —afirmó el enfermo incorporándose lo suficiente para poder sentarse debidamente en la cama.
—Pues sí. ¿Sabe?, hemos observado el mismo comportamiento todas las veces. Primero, está tranquilo y lúcido. Después, parece sufrir alucinaciones. Nos obliga, de hecho, a ponerle correas y a administrarle un sedante.
—Ah, yo… Lo siento… —dijo tímido Félix, que no sabía qué responder.
—Sin embargo, la última vez que se despertó pasó otra cosa. Mire, la enfermera aniripsa que se ocupaba de usted entonces le trajo una infusión que había pedido, y parece que, cuando usted le rozó la mano, sufrió una crisis…
—Espero no haberle hecho daño…
—Al contrario, señor Flex. ¡Hasta salvó usted a su hija!
—¿Que yo qué?
—Verá, usted entró en pánico. Se puso a gritar que la habitación estaba llena de agua, que iba a ahogarse, que había que sacarlo de aquí. Y entonces… comprendió que se trataba de una visión. Que no se trataba de usted, sino de una pequeña aniripsa. Que no era en esta habitación, sino en el estanque que hay justo detrás de este centro.
—¿Y?
—La enfermera corrió para salvar a su hija, que estaba agitándose en el estanque. El que está detrás del edificio. Se aburría mientras esperaba a su madre. Parece ser que se puso a jugar y…
—¡Por Sadida!
—¡Exacto!
—¿Qué es lo que me pasa? —preguntó Félix.
—Algunos de mis compañeros —explicó consultando el expediente— creen que en su cabeza se ha manifestado una sima.
—Pero una sima es un agujero… ¡¿Tengo un agujero en el cerebro?!…
—¡Perdón, que se ha manifestado el siam! Lo había leído mal…
—¿Y qué es eso del siam?
—Según una antigua teoría steamer, el siam es una zona oscura sin utilizar que existe en cada uno de nosotros. Justo aquí… —Le señaló la sien izquierda—. Alberga una forma de magia que puede manifestar sus efectos en ciertas personas que han sufrido un traumatismo. Sigue siendo una teoría sin demostrar…
—¿Y usted qué opina, como aniripsa?
—Yo creo que perdió un tornillo momentáneamente.
—Ya veo. Creo que lo que vendría de un steamer sería ese diagnóstico y no esa teoría…
—Quiero decir que… ejem… que se trata de un desorden mental causado por un fuerte golpe. No es nada extraño. Fue… ¡un golpe de suerte!

*****

Tras varios días de observación, Félix parecía en buen estado y no había dado ningún signo de otra crisis.

La mañana de su último día en el centro aniripsa, se enteró de que el político pasaría a visitarlo antes de que se fuera. El accidente había tenido lugar durante su discurso y «se sentía responsable». O quizás quisiera dar buena imagen durante su campaña.

El zobal estaba esperándolo. No tenía que hacer ninguna maleta, y sus únicos efectos personales eran los que llevaba encima. Su madre no sabía nada sobre el accidente. ¡Como para encontrar a la familia de un tal «Fluky Flex»!

De repente, oyó un ruido en el pasillo. Llamaron a la puerta.

—¿Está usted presentable, señor Flex?

—Espero que sí —bromeó el artista callejero.

El aniripsa Vabién abrió la puerta al político. Este era más alto de lo que Félix había pensado, seguramente debido al gran sombrero que casi llegaba hasta el techo. El misterioso orador iba acompañado de un ser pequeño e insólito, que llevaba una ropa extraña: parecía preparado para soportar el frío del invierno, a pesar de la suave temperatura que hacía en otoño. Su sonrisa forzada mostró dos grandes colmillos separados. Olisqueó.

—¡Veo que está mejor que la última vez que lo vi! —afirmó el político antes de acercarse a Félix para darle un buen apretón de manos… ¡que supuso un auténtico electrochoque para el zobal!

Atrapado. Petrificado. Durante un momento interminable, todo pareció dejar de moverse en la habitación, mientras la nieve se extendía por todos lados, desde el suelo hasta el techo. La flor que había sobre la cómoda que estaba junto a la cama se congeló en el acto y explotó en miles de pedacitos azulados. Inmóvil, el enano resfriado, que se limpiaba la nariz con la manga. Inmóvil, el aniripsa Vabién, que sostenía la puerta. El aura del político se volvió amenazadora. La escarcha cubrió al zobal de los pies a la cabeza, y no pudo contener un grito de dolor cuando el frío penetró hasta su cerebro. Una visión.

Miles de árboles que ardían. Un humo que oscurecía el cielo. Una plataforma gigantesca. Flotaba en la lejanía, detrás del humo. Más abajo, el agua, que sumergía todo, para consumir las llamas y las vidas…

Luego, nada.

—¿Está bien, amigo?

La mano de Félix apretaba la del político. Los otros lo miraban preocupados.

Los labios del zobal murmuraron: «Usted es el conde Kontatrás».

El político se giró para mirar a su ayudante y al aniripsa.

—Bueno, a ver… ¿Hay algún problema?

—Todavía no —murmuró Félix, visiblemente muy afectado—, todavía no…

La próxima actualización de WAKFU está en marcha...