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Érase una vez un árbol diferente a todos los demás... Era grande, fuerte, majestuoso. Era... Un momento. ¿Y si volvemos al principio? Pero al principio PRINCIPIO. ¿Vale? Venga, repetimos. Érase una vez un pequeño brote diferente a todos los demás...

Era minúsculo, frágil, casi banal... Un pequeño brote más entre los miles que puede haber en el bosque. Se fundía en el entorno, en mitad de la vegetación. Nadie habría podido imaginar lo que iba a ocurrir con algo tan delicado. Nadie se imaginaba que marcaría la historia del Krosmoz. No obstante...

Aquel pequeño brote decidió echar raíces en mitad del bosque de los abráknidos. Y hay que saber que, cuando un árbol elige un lugar para vivir, es para toda la vida. Bueno... Eso es lo que siempre se ha creído. Pero siempre hay una excepción que confirma la regla, ¿verdad?

Con el paso del tiempo, el pequeño brote se convirtió en una ramita. De aquella ramita surgieron yemas que, a su vez, se convirtieron en hojas. La ramita se convirtió en tallo; el tallo, en arbusto, y el arbusto, en tronco. Luego, las hojas empezaron a ser cada vez más numerosas y fuertes. Engalanaban el sólido tronco con un magnífico sombrero, denso y frondoso. En pocos años, un árbol robusto e inquebrantable apareció orgulloso en mitad del bosque.

El abráknido pasaba días felices y tranquilos con los suyos. El viento acariciaba su follaje. Los roedores le rascaban la corteza. Los pájaros le piaban en los oídos. A veces, algún aventurero se quedaba dormido apoyado contra su tronco. No obstante, aquella vida no era nada monótona. Con bastante frecuencia, el árbol era testigo de un suceso que lo sacaba de la rutina. De vez en cuando, algún enamorado, movido por sus sentimientos, grababa el nombre de su amada en su carne. El árbol, entonces, dejaba que la savia goteara a través de las incisiones, sin protestar a pesar del dolor. También solía presenciar los duelos de araknas que se perseguían de hoja en hoja. Su altura también le daba la ventaja de poder tener una visión increíble de cuanto ocurría en el Mundo de los Doce. Un espectáculo, bien entretenido, bien emocionante, bien dramático. ¡Pero nunca se cansaba de él!

Pero lo que el árbol apreciaba por encima de todo era, a su pesar, la facultad de proteger a los demás. Los niños que se alejaban demasiado de casa, sorprendidos por la lluvia o por la tormenta, se refugiaban bajo él. Los miaumiaus, perseguidos por los wauwaus, trepaban de rama en rama para refugiarse en su copa. Eso por no hablar de los tofus que construían en ella sus nidos para dar la vida.

Si hubiera sabido que un día llevaría su estado de «protector» al paroxismo, salvando de una muerte segura (y atroz: ¡ahogamiento!) a una joven sadida que se había quedado dormida sobre una rama... Si hubiera sabido que un día aquel acto de valentía, de altruismo puro y duro, lo llevaría directamente a desarraigarse... Pero aquello ocurriría mucho después...

Aquellas ganas de ver el mundo de otra forma y de salir de su zona de confort, aunque lo ignorara, habían surgido cuando era muy joven. Se dice, de hecho, que el árbol, cuando solo era un minibrote, no había respetado la regla primordial de la comunidad abráknida:

NO TE DESARRAIGARÁS.

Hay que decir que, por entonces, sus raíces eran tan blandas como un sadida cuando se despierta... Por tanto, no le había costado nada extraerlas del suelo, haciendo que se abrieran paso a través de la tierra mullida como si fueran gusanos de tierra.

Con sus pocos centikámetros de altura, el pequeño brote se había aventurado por el frondoso bosque. Claro que muchas veces estuvo a punto de ser devorado y pisoteado por las criaturas que en él vivían. Cuenta la leyenda que un ángel guardián vino a su encuentro para devolverlo al camino correcto. Un alma benévola llamada Silvosse...

—¡Pero bueno! ¿Qué haces aquí, pequeño? ¡Y con las raíces al aire!

—Visito el bosque, señor. Hay muchísimos árboles aquí. ¡Los he contado todos!

—¿Ah, sí? —respondió Silvosse, divertido.

—¡Sí! El pequeño brote alargó las raíces y se puso a contar en voz alta: «Uuuno, dooos, treees, cuaaat...».

—Perdona que te interrumpa, pero ¿por qué no te has quedado con los tuyos, como deberías haber hecho? El bosque puede ser un lugar peligroso para un pequeño brote indefenso como tú.

—No sé... ¿No cree que es una lástima tener raíces y no poder usarlas, señor?

—Aaaah, pero las usas cada día. Solo que no te das cuenta. ¡Gracias a ellas serás un abráknido robusto algún día! Te permiten obtener toda la energía que necesitas para crecer, aquí, de la tierra...

—Sí, lo sé; pero estaba un poco aburrido. Además, he oído ruidos raros. ¡Aquí en el bosque todo cruje!

—¡Ja, ja, ja! ¡Es normal, pequeño! Así es el bosque. Y tú formas parte de él. Tú y todos tus amigos abráknidos.

—Pero... He oído un grito. Alguien necesitaba ayuda. Pero no lo he encontrado. Era como un «¡Uuuuh, uuuuh!».

Silvosse esbozó una sonrisa tierna.

—Sin duda, era un búho, pequeño.

—¿Usted ya ha visto lo que hay después del bosque, señor?

—Claro. Un mundo fantástico. Pero todavía eres muy frágil para descubrirlo. Cuando pase un tiempo, cuando tu tallo haya crecido lo bastante y midas varios kámetros de altura, podrás admirarlo con tus propios ojos.

—Quiere decir que... ¿seré tan grande como él? —preguntó el pequeño brote señalando a un abráknido gigantesco.

—¡Claro! Y tendrás una vista magnífica de ese mundo que tanto te intriga. Podrás ver lo que nadie ve. Pero, hasta entonces, tendrás que ser paciente y volver a plantar tus raíces en el lugar del que has venido. ¿Lo harías?

El pequeño brote asintió obediente. Silvosse lo acompañó y lo ayudó a colocar sus raíces en su sitio. El protector del mes de Flovor sabía que aquel abráknido tenía algo especial. Seguro que volvería a verlo más tarde...

El Roble Blando siguió los consejos del amo de los esquejes, ¡y es verdad que creció, sí! ¿Listo para enfrentarte al Boss Smasher del mes de septiembre?