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—¡TE ENCONTRÉ! —Las carcajadas de los dos pequeños rebotaban en las hojas de los árboles, se enrollaban entre las ramas y terminaban escapando por las frondosas copas, como si fueran fuegos artificiales. Era una explosión de felicidad que sumía el reino sadida en una dulce inocencia. Un paréntesis en un Mundo de los Doce a veces cruel...

—¡Me toca! —gritó Armand aún sin aliento.

El príncipe le vendó los ojos a su hermana.

—¡Cuenta hasta 50! Bueno... ¡Si eres capaz! ¡Ja, ja, ja!

Después corrió a ocultarse en el tronco hueco de un árbol.

—Si te encuentro, tendrás que darme todos tus lotapes de cola. ¡Los que escondes debajo de tu cama! Salvo que prefieras que se lo cuente a mamá y papá.

—¡Eso no te lo crees ni tú, hermanita!

La voz de Armand le llegaba amortiguada. Amalia adoraba aquellos momentos de intensa complicidad que compartía con su hermano mayor. Bajo su aspecto de pícara caprichosa y teatral, la joven sadida tenía, a veces, un comportamiento más propio de los chicos. No dudaba en atrochar por los lugares escarpados y empantanados del bosque ni en trepar a los árboles. Ello para disgusto de su madre y de los fantásticos vestidos que le hacía...

—47, 48, 49... ¡50! ¡Prepárate! Voy a darte caza como a un zollo, ¡viejo bwork mohoso!

La princesita volvió a abrir los ojos. Inmediatamente, algo le impactó. El bosque parecía diferente... Más luminoso. Una luz casi de fantasía bañaba la hierba. Los árboles parecían estar hechos en cartón piedra. Los colores de las flores eran demasiado brillantes para ser reales.

Algo no iba bien... Había otra cosa que le llamaba la atención: el silencio. Pesado. Como si el tiempo no transcurriera. Como si el lugar hubiera dejado de moverse y todo el bosque estuviera conteniendo la respiración.

—¿Armand? ¿Armaaand? Yo… Ya voy...

El tono de su voz traicionaba la preocupación que sentía. No habría sabido decir por qué, pero Amalia sentía que su hermano no se encontraba cerca. Eso o era ella la que estaba en otra parte. De repente, oyó una voz que salía de la nada. Era dulce y grave al mismo tiempo. Llena de bondad. Envolvía como la manta que calienta el cuerpo y el corazón en las frías noches de desiembro. Pero había algo compasivo en ella que no hacía más que aumentar la ansiedad de la pequeña.

—Amalia. Mi adorable princesita...

La sadida se giró bruscamente en todas direcciones, como una veleta azotada por el viento.

—Calma, calma. No te haré ningún daño. Al contrario. Tu hermano no está lejos. Oigo cómo se burla en su escondite, convencido de que no podrás encontrarlo. ¡Está como loco por comerse todos sus lotapes en tus narices!

Amalia esbozó una sonrisa, pero no parecía más tranquila.

—Amalia. Perdóname por haberte interrumpido mientras jugabas al escondite. Sé que tu hermano y tú apreciáis mucho estos momentos de diversión.

El Árbol de Vida hizo una pausa. Estaba pensando.

—Es que... Me gustaría tanto que el mundo solo estuviera hecho de eso. De esos momentos de felicidad y de esparcimiento.

—Pero... ¿Quién eres? ¿Eres Sadida? ¿Dónde estás? ¡No te veo!

—Te está hablando el Árbol de Vida.

Un pequeño sobresalto seguido de un ligero movimiento de retroceso. Un «uau...» se perfiló en los labios de la pequeña, pero no dejó escapar ningún sonido.

—Amalia. Qué grande estás. Solo tienes 5 años, pero ya puedo ver un gran potencial en ti. Llevarás a cabo grandes cosas, estoy convencido.

Ligero asentimiento con la cabeza. La sadida no conseguía ocultar su aspecto dubitativo.

—Tus padres deben de estar tremendamente orgullosos de ti. Tu hermano también, aunque a veces os peleéis. Te quieren muchísimo. Sé lo importante que eres para ellos. Y lo importantes que ellos son para ti.

—Sí... Mi papá es el rey y mi mamá es la reina. Y yo soy una princesaaa —dijo la pequeña remilgándose.

—Una princesa, ¡y una futura reina, sin duda! Con el tiempo te darás cuenta de que la vida nos reserva muchas sorpresas, Amalia. A veces son buenas. Otras veces... son un mal trago. Tu familia y tú ya habéis superado muchas pruebas. Y, como nos gusta decir a nosotros, «la vida no es un río largo y tranquilo como un sadida que se echa la siesta», ¿verdad?

—Papá siempre dice que es como una caja de San Valentón.

—Ja, ja, ja. Sí, eso es propio de él. ¡Gran gourmet y poeta a la vez!

—Mamá no deja de decirle que deje de rebañar el plato. Pero es más fuerte que él. Le da golpecitos en el dorso de la mano cada vez que lo hace. «¡No me querrías sin mis curvas!». Es lo que siempre le responde él. Eso la enoja... Pero, en el fondo, estoy segura de que tiene razón.

Amalia no pudo verlo, pero aquella pequeña anécdota dibujó una triste sonrisa en el rostro del Árbol de Vida.

—Yo también estoy seguro. Tus padres se quieren muchísimo. Y nada, absolutamente nada, puede oponerse a un amor tan sincero. Amalia... Querida, me gustaría que me prometieras una cosa... ¿Lo harías?

—¿Que deje de comerme las pelotillas de la nariz? Mamá siempre dice que no es digno de una princesa.

La respuesta de Amalia desconcertó un poco al Árbol de Vida.

—Ehm... Sí, también. Pero más importante aún. Independientemente de lo que te reserve el futuro, independientemente de los acontecimientos, de los obstáculos, de los escollos que tengas que superar, porque los habrá, prométeme una cosa. Prométeme que siempre cuidarás de tu hermano. Ya sé que es mayor que tú, pero..., bueno, ya sabes... A veces es un poco... ¿Cómo diría?

—¡Que le falta un tornillo!

—No habría podido definirlo mejor —respondió divertido el Árbol de Vida.

—Pero, en el fondo, es buena persona. Aunque le huela un poco el aliento.

El Árbol de Vida estaba ensimismado por aquella pequeña muchacha tan espontánea.

—Tu padre es un hombre fuerte, Amalia, duro como una roca de crujidor. No hay nada que pueda con él. Pero tu hermano, bajo ese aspecto de adolescente arrogante y seguro de sí mismo, esconde la fragilidad en su corazón. Tú, con tus cinco años, ya tienes un carácter fuerte. Son muchos los recursos que tienes. Lo siento en lo más profundo de mi savia... El amor y el apoyo de una hermana no tienen precio. Prométeme que nunca lo olvidarás, pequeña.

Aunque no sabía exactamente adónde quería llegar el Árbol de Vida, Amalia, con su ego halagado, asintió alzando la barbilla.

—Sí, pienso cuidar de él. Y vigilarlo también. ¡Porque hace muchas tonterías, sí! —respondió orgullosa la pequeña como si fuera una maestra de escuela.

—No esperaba menos por tu parte. No te entretendré más tiempo. Ve a jugar con tu hermano. No cuentes nuestra conversación a nadie, por favor. Será... nuestro pequeño secreto. Y hazme un favor. Disfruta de cada instante que pases con los tuyos. Y haz caso a tu madre, que ella tampoco se equivoca. ¡Las pelotillas de la nariz no se comen!

—¡Lo prometo, señor Árbol!

Amalia salió de aquella especie de sopor, como el que se tiene al haber soñado.

—Bueno, ¿es para hoy o para mañana? ¡Se te da fatal este juego, en serio! —gritó Armand, que empezaba a perder la paciencia.

—¡Te encuentro en un minuto, moskito! ¡Los lotapes serán míos!

Amalia cumplió su promesa. También cuidó de su hermano lo mejor que pudo. Por entonces, era demasiado joven para comprender la importancia de aquella «entrevista». Mucho tiempo después, cuando ya se había convertido en una mujer, la princesa comprendió la profundidad de las palabras del Árbol de Vida. Más que leer la mente de las personas para mostrarles lo que quieren que se haga realidad, esta entidad venerada por todo el pueblo sadida tenía el poder de predecir el futuro. O, al menos, el de percibir las ondas, tanto negativas como positivas, y el tenor de los acontecimientos futuros...