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La tercera entrega de esta miniserie de verano se interesa por el yopuka más emblemático de la Era del Wakfu. Es pelirrojo, apasionado, y está tan obnubilado por la pelea como Nox por el Selacubo: Sir Tristepin Pércedal espera pacientemente —y ese no es precisamente su fuerte— a que el yopuka más emblemático de la Edad de los Dofus vuelva para cumplir con su promesa…

Seguía estando allí…

Levantada hacia el cielo oscuro de las landas de Sidimote. Último vestigio de una mascarada antaño organizada en honor a un bárbaro mortífero. Blandiendo la espada legendaria culpable de las matanzas más sangrientas que el Mundo de los Doce haya conocido. Mostraba una amplia sonrisa, símbolo del orgullo y de la seguridad infalible del guerrero al que representaba. Pero, aquel día, la estatua de Gúltar parecía, sobre todo, que se estaba burlando del joven yopuka que la contemplaba.

*****

Era el quinto año seguido que Tristepin acudía a los pies del monumento en la misma fecha. El aniversario de su encuentro con quien se había convertido en su héroe. El día en el que Gúltar en persona le había hecho una promesa.

—Llegará un día en el que te enseñe todo lo que sé. ¡Te lo prometo, Pipún!

El joven yopuka tenía ahora once años. Intentó calcular la edad que tenía en aquel tiempo, pero le entró un dolor de cabeza horroroso. Así que dio una patada en el polvo. Fue entonces cuando descubrió un viejo trozo de papel que estaba cubierto por la tierra parda. Lo extrajo del suelo infértil. Parecía que tenía unas instrucciones. El aprendiz de caballero sopló en la hoja e hizo que apareciera una frase:

CUANDO ME NECESITES, SOLO TIENES QUE SILBAR.

El papel estaba gastado por el tiempo. Solo los Doce sabían cuánto tiempo llevaba allí. En el extremo de la hoja pendía un trozo de hilo arrancado. Este mensaje debió habérsele arrancado a algo en el pasado. Tristepin dirigió la mirada a la estatua.

Esta sonreía.

*****

El joven yopuka le dio la vuelta a la construcción que rendía homenaje a Gúltar. ¡Tenía que haber algo! Detrás de la estatua, sobre su imponente pedestal, observó rápidamente un cartelito de madera medio inclinado y que enarbolaba el símbolo de los yopukas: una espada roja con la hoja mirando hacia abajo. Estaba prácticamente seguro de que no estaba allí el año anterior… Parecía haber una cavidad justo detrás. Quitó la tabla y descubrió claramente una abertura cavada en el zócalo de la estatua, pero estaba vacía…

En ese momento fue cuando oyó una especie de silbidos extraños.

Alzó la cabeza y aguzó el oído. Risas de adolescentes. Siguió las voces: a una centena de kámetros de la estatua, un gremio de jóvenes se divertía en una zona inferior.

—¡Zafarrancho de pelea!… ¡Cuidado! Uno, dos… un momento, ¿qué venía después?… ¡Cuatro!

—¡¡¡Piiiiiprrrffff!!!

Un yopuka de unos quince años se había puesto de árbitro entre sus dos compañeros, que llevaban unas espadas de madera. Había señalado el comienzo del combate con un silbato: una especie de silbato mágico que emitía un sonido grotesco por algo parecido a una lengua. Sonaba como una especie de piiii baboso aderezado con salivazos. A Tristepin lo intrigaron los colores del objeto: llevaba el mismo símbolo rojo de los yopukas. Decidió acercarse:
 

—Oye, amigo, ¿no te habrás encontrado ese silbato en la estatua de Gúltar, por casualidad?

El gremio paró su actividad al momento. El adolescente yopuka, Sóntar el Bastardo, se acercó con una determinación preocupante, rodeado de un joven zurcarák y de un sacrógrito, Michán Pol y Vincent Vena:

—¿Por qué? ¿Eres de la milicia de Bonta?

—No, no, solo me preguntaba si…

A Tristepin no le dio tiempo de terminar la frase cuando su congénere de clase le asestó un puñetazo en toda la cara. Los otros dos empezaron a carcajearse.

—¿Qué te pasa, niño? Parece ser que tengo la mano… ¡un poco chiflada!

Sóntar miró a sus amigos, que se partieron todavía más de risa.

—Yo que tú me largaría, pequeño —le aconsejó el adolescente alejándose.

—Espera…

La rabia en la voz del joven yopuka era palpable. Estaba a cuatro patas en el suelo.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó el bobalicón—. ¿Vas a chillar?

Los dos colegas de Sóntar, que eran un público claramente complaciente, echaron unas risotadas más bobas aún. No veían la cara de Tristepin: la mandíbula apretada, los ojos en blanco, como si no tuvieran pupilas. En un segundo, se abalanzó sobre el sacrógrito y le dio un gancho en el estómago, y sobre el zurcarák, al que noqueó con un golpe directo en la cara, para, por último, darle una lluvia de golpes a Sóntar. Este se quedó impasible, parecía insensible a los ataques del joven guerrero pelirrojo.

—¿Has terminado ya?

Entonces agarró a Tristepin del pie y lo lanzó por los aires. Luego lo aporreó sin descanso en el suelo. Cada vez que lo levantaba por encima de su cabeza, el joven yopuka parecía un poco más estropeado: se había hecho sangre en la nariz primero y luego en los arcos ciliares, en la boca… Los gritos de Tristepin marcaban cada impacto contra el suelo.

Sóntar acabó lanzándolo como si fuera una muñeca de trapo. Acto seguido fue a levantar a sus compañeros.

—Pega fuerte, el niño… —admitió Vincent, el sacrógrito.

—¡Di mejor que sois unos blandengues!

Se fueron alejando hasta que Sóntar se puso a hurgar en sus bolsillos y a mirar por todas partes a su alrededor.

—¿Buscas esto?

*****

Herido aunque sonriente, Tristepin, victorioso, movía el silbato. Del extremo opuesto a la lengua colgaba un hilo arrancado.

—¡¡¡Devuélveme eso ahora mismo!!! —gritó Sóntar, ofendido y, ahora, irritado.

El joven yopuka se puso de pie y, a modo de última provocación, se puso a soplar en el silbato.

—¡¡¡Piiiiiprrrffff!!! ¡¡¡Piiiiiprrrffff!!!

Le dio un ataque de risa.

—¡Me encanta el sonido de esta cosa!

—¡Más te va a encantar el de mi puño en tu cara! —amenazó Sóntar, fuera de sí.

El adolescente atlético se precipitó sobre Tristepin, al que apenas le dio tiempo de dar un salto hacia atrás para evitar el golpe de su atacante. El joven guerrero pelirrojo recogió una de las dos espadas de madera que habían dejado en el suelo los esbirros de Sóntar y la tiró a los pies de su adversario. Se equipó de la otra y se puso en posición de combate:

—¡En guardia, yopukita!

A Sóntar le costaba contener su ira, pero pareció aceptar el duelo recogiendo el arma rudimentaria. Dio una serie de estocadas con todas sus fuerzas, decidido a herir a su oponente. Pero Tristepin, más pequeño y más ágil, las evitó una tras otra. El tercer golpe, sin embargo, lo paró de milagro con la parte plana de su hoja de madera, que por poco dejó caer con el impacto. Pero eso no le impidió golpear la pantorrilla de Sóntar con un toquecito:

—¡Tocado!

Y luego esquivar una cuchillada grande doblando su cuerpo hacia atrás, antes de dar un giro sobre sí mismo para quedar detrás de Sóntar y pincharle en la nalga derecha con la punta de la espada:

—¡Tocado!

Tristepin no vio el codo del fortachón llegar a su nariz. Cayó al suelo al instante, mientras que Sóntar estaba ya sosteniendo su espada sobre la cabeza de este:

—¡¡¡Muerte!!!

A continuación bajó el objeto cortante. El zurcarák Michán Pol, demasiado sensible para tal espectáculo violento, se había refugiado detrás de su amigo sacrógrito, que apretaba los dientes… hasta que se le descolocó la mandíbula.

—¿Qué ha pasado? —terminó preguntando el gato—. ¿Se lo ha cargado?… ¡Oye, respóndeme!

Pero Vincent Vena no lo oía, absorbido por el surrealismo de la escena. El zurcarák tuvo que mirar también: la espada de Sóntar se había detenido a un centikámetro de la cara de Tristepin. Habían parado la trayectoria del arma justo a tiempo.

El mismísimo Gúltar se alzaba frente a Sóntar, justo encima de Tristepin. Sostenía el filo de la espada de madera entre dos dedos del pie.

—¡Un guerrero yopuka no debe pelearse así, Tóntar! —subrayó el gran Gúltar.

—… Yo… Es… Es Sóntar… señor…

Gúltar inclinó su pelvis un cuarto de círculo y desarmó al asaltante de Tristepin solamente con el pie para luego estirar la pierna bien alto. A continuación la flexionó, lanzó la espada por los aires y la agarró al vuelo —esta vez con la mano— por la hoja para tenderle el mango a Sóntar:

—Vuelve a entrenar, pequeño…

—Sí… Sí, señor.
—Me recuerdas a alguien… ¿Tú no serás de la familia de ese inútil usurpador de Kóltar el Bastardo?
—Es… es mi padre, señor.
—Hm… obviamente… ¿Te ha hablado de mí?
—Me… me dijo que habías arrasado la fiesta que había creado en tu honor, señor.
—¿No ha presumido haciéndose pasar por mi hermano y de que se llenaba los bolsillos a costa de mi leyenda?
—No, señor.
—Ahora que lo sabes, te aconsejo que te conviertas en alguien de más provecho, cosa que no debería ser difícil… ¡o vendré a patearte el culo! ¿Lo pillas, Tóntar?
—Lo pillo, señor…
—Ahora, ¡largo!

Sóntar salió por piernas, seguido de cerca por sus dos acólitos.

En el suelo, Tristepin miraba a su ídolo con estrellas en los ojos. Gúltar le tendió la mano:

—Parece que ha llegado el día, Pipún.

Aquel día el grito de alegría del joven yopuka retumbó en todas las landas de Sidimote.