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Blup, blup, blup, blup. Unas burbujitas verdosas explotaban en la superficie del agua cenagosa, dando lugar a una extraña melodía submarina. Pandrowka no solía salir de su bambusería. La atmósfera era mucho más acogedora y los paisajes eran mucho más verdes que los del lugar donde se encontraba. Pero ¿qué no habría hecho por su gran amor?

«Demuéstrame que me amas: ve a buscarme un ramo de las flores más bellas que encuentres en el pantano salado», le había dicho ella tras la enésima pelea. Y el pobre infeliz había obedecido sin rechistar, ignorando que no había flores, y menos «bellas», en aquella zona de Pandalucía...

El manto de gas oscuro que flotaba no presagiaba nada bueno. De lo irrespirable que era el aire, el lugar parecía un campamento bwork.

—¿Te has tirado un ped...? ¡COF, COF! ¡¡COF, COF!!

Pandrowka dio un respingo. A sus pies, una florecilla de un rojo brillante tosía mientras se tapaba con la punta de los pétalos lo que le servía de nariz.

—¡Qué asco! ¡Podrías haberte aguantado!

Pandrowka no salía de su asombro.

—¿Dónde te crees que estás? ¡Puaj! Eres más bwork que la más bwork de mis amigas.

Desconcertado, Pandrowka ni siquiera reaccionó para defenderse.

—¡JA, JA, JA! ¡Es una broma! ¡No pongas esa cara! Aquí siempre huele así. Pero, como pareces nuevo... Solo quería divertirme un poco. Tiene gracia, ¿no? Me gusta gastar bromas. Es divertido.

Ante aquel despliegue de humor tan corrosivo, Pandrowka no supo qué contestar. Estaba boquiabierto. Aunque no por ello respiraba el aire pestilente del lugar. De pronto, recordó por qué se encontraba allí. Una chispa de inspiración dio lugar a una malvada idea en su mente henchida de amor...

—Oye, eres muy bella... Pocas veces he visto unos pétalos tan brillantes como los tuyos.

La flor pareció halagada. Se remilgaba, enrollaba los pétalos, meneaba el bulbo, pestañeaba a la vertiginosa velocidad de las alas de una escaramosca.

—¿Me dejas verlos más de cerca?

Mientras el pandawa se agachaba lentamente, preparándose para agarrarla, el bulbiflor desplegó los pétalos alrededor del rostro y, con un grito terrorífico, le arrojó una nube de esporas a los ojos.

—¡Aaaaaaaaargh! ¡Pedazo de @#&%! ¡Te aplastaré cuando vuelva!

Medio ciego, Pandrowka huyó corriendo. Con el pánico, se escurrió con el agua cenagosa y cayó por una pendiente arrastrándose sobre su trasero. Su carrera terminó cuando se golpeó la cabeza contra una roca. El pandawa, atolondrado, veía borroso. Tardó un poco en darse cuenta de lo que había frente a él. Por un segundo, creyó que su buena estrella lo había guiado y lo había conducido justo hasta un campo de flores.

Pero, cuando la bruma verdosa del pantano salado se disipó con una ráfaga de viento, la realidad le saltó, literalmente, a la vista. Una veintena de ojos lo miraban fijamente, como apuntarían unos focos a un ladronzuelo a la fuga. Un grupo de bulbomatorrales puestos en fila le bloqueaban el paso. El vacío llenaba las órbitas de aquellos ojos...

Las criaturas avanzaban hacia él con una lentitud que hacía que fueran aún más terroríficas. Se deslizaban por el suelo como fotasmas. El pandawa retrocedió arrastrándose, incapaz de ponerse en pie del miedo que aquella escena le provocaba.

Por suerte, el suelo pantanoso era blando. Los bulbomatorrales, demasiado pesados, se hundieron en él como si fuera mantequilla, dando a Pandrowka la oportunidad para escapar en el último momento. Con gran esfuerzo, el pandawa consiguió salir del pantano salado. Corrió hasta quedarse sin aliento y sin mirar atrás, atravesando los restos de navíos, las chozas abandonadas y los escasos bambúes que aún seguían en pie. A lo lejos, un puente parecía ser la salida de emergencia perfecta.

«¡Olvidemos las flores! Cuando le cuente la Fab'hugruta que es esto, se pondrá muy contenta de ver que aún sigo vivo», pensó.

Por mucho que Pandrowka corriera, el puente parecía estar igual de lejos. Sintió una punzada a la altura de la pantorrilla: decenas de bulbambúes se arremolinaban a sus pies y le subían por las piernas, como insectos que escalaran el tronco de un árbol. El pandawa estaba paralizado, inmovilizado por aquellos minúsculos brotes tan lindos como terroríficos, sin poder dar un paso más. Gritó de miedo y se agitó de un lado para otro para zafarse de aquellos pequeños invasores, ofreciendo, a su pesar, una danza de lo más extraña...

—¡Argh! ¡Iaaaaa! ¡Ñuuuuu! ¡Arghñññuuuiiiaaa! ¡Largo d...! ¡Largo de aaaquííííííííííÍÍÍ!

Las plantas sepultaban a Pandrowka. En solo unos segundos, toda su epidermis, a excepción de su nariz, quedó cubierta. ¿Aquella iba a ser su muerte? ¿Devorado por un ejército de bulbos?

Cuando de repente... Los bulbambúes dejaron de agitarse en seco y se dispersaron a toda velocidad. «Fiuuuuu», y el pandawa se quedó solo. Bueno, casi...

El suelo temblaba... Unos círculos concéntricos aparecieron en la superficie del cieno. A sus pies, una sombra crecía como se extiende un charco sobre el suelo, oscureciendo un poco más el lugar. Pandrowka se giró y levantó lentamente la mirada hacia él.

—Ah, hoy no iré a cenar, cariño.

***

Llamaron a la puerta. Fuera caían chuzos de punta, acompañados de una tormenta que desvendaría a Momia Nova. La joven pandawa se apresuró a abrir, dando saltitos de alegría por volver a ver a su amado y descubrir qué hermoso ramo le había traído.

—¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHH!!!

El ensordecedor trueno que retumbó justo en aquel momento no pudo ahogar su grito de terror. Un rayo cayó cerca del umbral de la puerta, descubriendo la silueta del visitante...

Unos tallos enormes, una gorguera de hojas de bambú y aquellos ojos...

Como si el vacío llenara sus órbitas...