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Con su caparazón constituido íntegramente de oro, centellea tanto como los rayos del sol de juliero al clavarse sobre la llanura de Astrub. Sin embargo, algunos dicen que el Escaradoro no siempre fue así... En el pasado, su caparazón, al parecer, apenas tenía más encanto que una rodilla arqueada de crujidor. Esto fue motivo de multitud de burlas por parte de sus semejantes...

El Escaradoro y su flamante caparazón, objetos de fantasía e incluso de culto, protagonizan leyendas a cual más tremenda. Entre ellas, la más increíble viene directamente de Inglorium, donde conviven los más grandes del Krosmoz: los doce dioses.

Se cuenta que, en otro tiempo, el Escaradoro era el kuakuito feo de una hermandad de escaras de gran porte y pocos dedos de frente. Mientras estos se pasaban los días comparándose los caparazones, él se mantenía al margen y prefería la delicadeza natural de un paseo en el corazón del bosque y recitar los poemas del tan famoso como imaginario trovador lírico Escaragón. Esto, evidentemente, no era del gusto de sus hermanos mayores...

«Oye, escarraquítico, ¿otra vez estás recitando tus jalatinerías? Mejor cuida de tu coraza, anda. ¡Parece una cagarruta de dog seca! ¡¡Muaaajajajajajajajajaaa!!».

Este tipo de humillaciones eran el pan nuestro de cada día para el Escaradoro. Bien es cierto que la naturaleza no lo había dotado de un físico feliz. Tenía un caparazón apagado, rugoso y lleno de imperfecciones: la vergüenza absoluta para cualquier escara. Y no era por que no lo hubiera cuidado. Ni siquiera el remedio de anutrofita más eficaz lograba nada. El Escaradoro se veía condenado a pasarse la vida con un churro a las espaldas...

Su pasión por las bellas palabras y su dominio del verbo no solucionaban su problema... Esta sensibilidad desconocida y rechazada por los demás escaras lo convertían en un okni (objeto krósmico no identificado). Sin embargo, él la había convertido en su refugio...

Un buen día en el que erraba por el Bosque Gidos, seguro que poderosamente influenciado por Vikotoru, el santo de la poesía, una inspiración repentina se apoderó del Escaradoro, que se puso a declamar unos versos de su cosecha. Ya fuera por el color dorado como un trigal del cabello de una aventurera que pasó por allí o por el drathrosk que la acompañaba, lo que le vino a la mente era un himno al dios Anutrof.

Oh, dios de la fortuna,

escucha mi infortunio...

Mientras con fuerza

resplandecen tus atuendos,

los míos, sin embargo,

parecen trapos viejos.

El aura de tu carisma

jamás tendré.

Tu fulgor es aliento:

mi aliento, un sufrimiento...

 

Conmovido (aunque también halagado) por esta poética, Anutrof, sin que sirviera de precedente, demostró una gran generosidad. Sintiendo compasión por aquel pobre Escaradoro que, desde donde él estaba, parecía, efectivamente, una verruga vieja de bwork reseca, tomó la dura decisión de sacrificar un kama de su preciado tesoro. El dragón proyectó su soplido ardiente sobre la moneda en cuestión, que se fundió como la nieve al sol. El preciado líquido cayó sobre el Escaradoro recubriéndolo con una capa dorada gruesa y resplandeciente que al momento se incrustó en su caparazón. El pequeño escara abucheado pasó en ese mismo instante al grado de brillante escaradoro, llegando incluso a cegar a los suyos hasta en varios cientos de kilokámetros a la redonda.

El cuento nos dice que, desde entonces, han sido muchos los de su especie que han intentado seducir al dragón divino con la esperanza de «sufrir» la misma suerte. Pero, a día de hoy, parece ser que ninguno de ellos ha conseguido aún dominar el arte de la prosodia como Escaradoro...