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En una sombría cripta habitada normalmente por ratatós famélicos y araknas raquíticas, un corpulento hombre vestido de negro caminaba en círculo. Aquel lugar era húmedo y estaba mal iluminado. Unas telas de seda ondulaban ligeramente a merced de las numerosas corrientes de aire glacial que atravesaban la habitación.

 
El suelo estaba cubierto por una densa capa de polvo, perturbada solo por los descuidados pasos del individuo que allí moraba. Su rostro, de facciones a la vez duras y delicadas, estaba iluminado por la luz vacilante de las velas de longitud desigual que se encontraban fijadas a los relieves de las paredes laterales de piedra. Las gotas de cera líquida descendían por ellas hasta caer al suelo.

Su larga capa se agitaba al ritmo de sus pasos. Se dio media vuelta, mostrando un ojo vendado cubierto por sus largos cabellos color azabache. Con el mentón apoyado en la palma de la mano, aquel personaje parecía sumido en una profunda reflexión. Al girarse, se había expuesto a una luz muy diferente de la que proyectaban las velas, más pálida y más cegadora. El individuo frunció el ojo que le quedaba. ¿Pero era debido a la claridad que de pronto invadía la estancia?

Con cuidado, se acercó a aquella fuente luminosa que tan delicadamente descansaba sobre un cojín de terciopelo púrpura, colocado sobre una de las tumbas de piedra que servían de mesa. El destello era tan fuerte que no se podía distinguir con precisión la forma de aquel objeto. Las manos enguantadas del individuo flotaron alrededor de la luz, lo que pareció provocar algunas fluctuaciones en la luminosidad reinante, hasta que aquel objeto se puso a latir. Un impulso procedente del corazón de la blancura que inundaba la habitación, que esparció el polvo por las paredes y apagó buena parte de las velas.

El individuo, emocionado y satisfecho, no pudo contener una risa ahogada. Bajo la capa, un escalofrío le recorrió el cuerpo, mientras la luz volvía a su estado inicial. De repente, dio la espalda al objeto y, murmurando algo, agarró el cetro adornado con un cráneo que había dejado apoyado contra una de las argollas funerarias.

—Tú y yo vamos a hacer grandes cosas —murmuró mientras acariciaba el hueso que el tiempo había pulido. Acto seguido, lo enfundó en una vaina que llevaba atada a la cintura.

El individuo se dirigió a una enésima mesa de piedra repleta de papeles, plumas, tinteros y obras de todo tipo. Tomó de un rincón un taburete alto, se sentó y se dispuso a escribir. Su sombra ocultaba casi toda la superficie en la que trabajaba. Con un suspiro, agarró el cetro y ordenó: «Regresad».

Las velas fueron recuperando tímidamente la llama, iluminando con su cálida luz la cubierta del libro que tenía ante él. El hombre abrió la voluminosa obra encuadernada por la primera página, en la que podía distinguirse un título manuscrito con tinta oscura.

«Experimentos, por Raval»

Su ojo recorrió aquellas líneas con una mezcla de orgullo y ternura, antes de pasar a una página en blanco. Tomó un cálamo fabricado en hueso, lo mojó en un tintero manchado y empezó a escribir.

«Nota en el año 711, mes de novimiembro, 28.º día

Agonía la Nigromante ha conseguido crear poderosos artefactos de nigromancia para la Hermandad. Si no estuvieran destinados a crear un ejército, me habría gustado estudiar los cuatro para comprender cómo influye el fuego blanco en el fuego negro en su interior.

Se llaman los corazones lívidos.

A diferencia de un acto de nigromancia clásico, el corazón puede utilizarse sin consumir la energía de un nigromante. Los mediomuertos serían prácticamente indestructibles si no fuera por ese maldito necrónix, que ni siquiera afecta al propio corazón.

Estoy interesado en la unión de energías opuestas, lo que parece tener un gran potencial. A eso hay que añadir que los corazones toman sin distinción cualquier tipo de alma. Habría que investigar la posibilidad de convocar el alma de un ser vivo y…»

De pronto, toda la habitación sufrió una fuerte sacudida, lo que interrumpió la redacción de Raval. Algunas motas de polvo cayeron del techo bajo; las osamentas desnudas tintinearon en sus ataúdes; el cálamo rasgó el papel. Tras unos segundos de tranquilidad, se produjo otra sacudida, esta vez claramente procedente de la entrada de la cripta. El protector del mes de septango permaneció atónito, como trastornado por aquellos indicios de intrusión. La habitación seguía estremeciéndose con cada golpe; los tarros y alambiques se volcaban; las velas se apagaban; la atmósfera empezó a llenarse de partículas opacas.

Finalmente, se escuchó el desagradable sonido de la piedra al rozar con otra, y la luz del sol dibujó la sombra del marco de la puerta en el suelo. Una silueta flotante bajó lentamente los escalones, mientras sus ojos mecánicos brillaban al contraluz. Raval, todavía sentado en su taburete, se quedó boquiabierto.

—¡Oropo!

Se levantó y se incorporó para hacer frente al intruso. De manera instintiva, había agarrado el cetro, cuyo cráneo ahora poseía un tenue brillo azulado.

De repente, Raval se retorció; sintió que algo o alguien le sujetaba firmemente el brazo armado por la espalda. Sorprendido, soltó el cetro, que cayó al suelo.

—¿Pero qué…!

El camuflaje óptico desapareció, mostrando a la sram que lo sujetaba con una llave de brazo y el dardo venenoso que apuntaba directamente a su garganta. Con una voz silbante, la sram dijo:

—Oh, no. Si yo fuera tú no lo haría…

La incredulidad desapareció del rostro del nigromante, que ahora reflejaba una rabia asesina.

—Toxina —profirió apretando los dientes.

—¡Debería haberme imaginado que antes o después me traicionarías!

La llamada Toxina soltó una risita.

—Ten cuidado… El maestro Oropo está muy enojado por lo que has hecho.

Este último no había intervenido en la conversación de los dos antagonistas. Sus ojos recorrieron la estancia y se detuvieron en el corazón lívido, que brillaba en el centro de la habitación. Acto seguido, se hizo ligeramente a un lado para dejar paso a una tercera persona. Sin girarse, se dirigió a ella.

—Kontatrás, ayúdame a sellar todo esto. No quiero saber nada más sobre este asunto.

—¡No! ¡No podéis hacer eso! —Raval intentaba zafarse—. No me teníais en cuenta a la hora de tomar decisiones, ¿y ahora venís a meteros en mis asuntos!

Los ojos de Oropo encogieron hasta convertirse en dos minúsculos puntos luminosos.

—No te he pedido tu opinión, Raval. Has metido la pata varias veces; entiende que mi confianza en ti se haya… tambaleado. Ahora me pregunto cómo pude creer que alguien como tú, que ni siquiera eres un semidiós, podría contribuir a nuestra causa.

Oropo se acercó al corazón. Raval se estremeció.

—Pero, ya que lo mencionas, que así sea. Quedas expulsado de la Hermandad por tu insubordinación. Esto no cambia nada: no podrás salvar este corazón.

Unos silos surgieron de debajo de la capucha de Oropo y teletransportaron a Raval y Toxina al exterior de la cripta, frente al discreto y aislado mausoleo que albergaba su entrada. Los siguieron Oropo y Kontatrás, que se situaron delante de la construcción. Oropo sacó el Selacubo y concentró su poder en él. El xelor, sin pronunciar palabra, tendió la mano para ayudar al dirigente de la Hermandad. En pocos minutos, la cripta fue sellada, situada fuera de la esfera del tiempo.

Raval se desplomó. Una vez más, sus planes habían quedado reducidos a ceniza…

—Me vengaré, Toxina. No eres mejor que Sram; los dos sois exactamente iguales.

La pérfida le lanzó una mirada divertida, antes de liberarlo de la llave con la que aún le sujetaba el brazo. Volvió junto a Kontatrás y Oropo, y los tres desaparecieron.

El nigromante permaneció largo rato postrado, como si estuviera petrificado en aquella postura, mientras el frío viento agitaba su capa. Por fin, se levantó y se puso a caminar. ¿En qué dirección? No tenía ni idea. ¿Para ir a dónde? Tampoco lo sabía. Pero en lo más profundo de su aparente único ojo ardía la llama de la venganza, más viva que nunca; y esta iba a ser su guía durante los siglos que estaban por llegar.

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