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En honor a la isla de Moon y a su nueva zona, a la que se podrá acceder en la próxima actualización, te proponemos una serie de devblogs de background para ir desvelando cositas sobre sus pobladores: La leyenda de los cocodrails

Nueva zona, nuevas mazmorras, nuevas misiones... la próxima actualización te reserva un contenido de altura ¡con su buen lote de monstruos inéditos! Se trata de bicharracos tan rabiosos que no son ni del lugar. ¿Cómo habrán llegado a la isla? El siguiente relato nos cuenta su historia. Emprendamos este viaje en seis episodios tras las huellas del explorador Jan Honning Speck... 

Prólogo

El Arena Delnilo, barco de contrabando liderado por el capitán Crook, estaba especializado en el transporte de animales «exóticos» y se mantenía a flote llevando a intrépidos exploradores o a codiciosos anutrofs junto con sus mercancías más o menos legales. Pero, por lo de «exóticos», no te imagines unos hermosos albatroces coloridos, sino, más bien, unas criaturas tan inusuales y peligrosas como crustaceones mantis o larvas del Kralamar Gigante. Al parecer, una vez, habían encontrado incluso un demonio fab'huritu en libertad que entregaron en Brakmar, su puerto de amarre.

Vamos, que sus tripulantes eran los reyes de lo inédito, lo pesado y lo letal.

Pero esa no era la única particularidad de la nave. Cuando no se pagaba una entrega o el destinatario «desaparecía» en alguna desgracia, la mercancía pasaba a ser propiedad del capitán. El botín más que particular se aprovechaba entonces en una timba clandestina que se organizaba en la bodega, de ahí el nombre de la embarcación.

En una arena de la que solo se podía salir victorioso o muerto, los luchadores más valientes, o los más locos, se enfrentaban a criaturas mortales con la esperanza de arramblar con las apuestas de quienes participaban en la timba. Pero pocos fueron los luchadores que salieron de allí con vida y todavía menos los que salieron indemnes, ya fuera física o mentalmente. Los restos de los menos afortunados terminaban, por lo general, tirados por la borda, como alimento para los pischis.

Estos juegos mortales —contra los cuales las autoridades de las cuatro naciones no podían hacer nada, pues la timba solo se celebraba cuando el barco está plantado lejos de aguas territoriales— permitieron que el capitán y su tripulación hicieran su agosto.

Cuando el explorador Jan Honning Speck contactó al capitán Crook para que transportara un cargamento especialmente «delicado», no sospechaba ni remotamente que aquel sería el último que llevaría el Arena Delnilo. Jan necesitaba que alguien le ayudara a transportar algunas bestias feroces a su museo viviente, un zoo en el que tenía enjauladas a las criaturas más insospechadas con las que se había cruzado en sus viajes por todo el mundo.

Y, en esta ocasión, las bestias no eran nada más y nada menos que cocodrails salvajes.

Episodio I – Los cocodrails salvajes

Durante mucho, a estos primos primitivos de los cocodrails que recorrían las calles de nuestras ciudades a principios de la Edad de los Dofus se los consideraba extintos, una especie desaparecida y olvidada por siempre desde hace varias centurias. Nadie había echado en falta a estos canívales y antropófagos que medían de dos a tres kámetros de media sin la cola. Pero Speck, que entonces estaba buscando un misterioso jalató unicornio por tierras lejanas, descubrió un pantano en el que pervivían los cocodrails salvajes.

Su primera reacción fue salir por patas de aquel lugar aterrado. Pero aquel descubrimiento lo quemaba por dentro, y su loca pasión por coleccionar rarezas vivientes lo llevó a volver unas semanas más tarde, acompañado de algunos cazadores y mercenarios. Al final se hicieron con unos diez especímenes. Luego volvió al continente para contratar los servicios de un transportista que fuera poco escrupuloso respecto del tipo de mercancía que llevaría en su bodega. El capitán Crook, junto con su Arena Delnilo, era el hombre ideal para dicho trabajo.

Como buen anutrof y contrabandista que era, Crook negoció hábilmente la tarifa con Speck intercalando intentos de captar su emoción con amenazas a medias.

Una vez que cerraron el acuerdo con un viril apretón de manos y tras el pago de la mitad de la tarifa del transporte, el barco zarpó rumbo al lugar de recogida de los especímenes. El viaje fue rápido y no tuvo complicaciones. Crook cuidaba de su cliente, aunque germinaban en su mente oscuras intenciones.

A su llegada al campamento, Jan se llevó un disgusto: varios cazadores y mercenarios estaban en paradero desconocido, otros en un estado lamentable, y, lo más importante, más de la mitad de los cocodrails ¡había desaparecido! Uno de los supervivientes le explicó a Jan que las criaturas cautivas habían empezado a devorarse entre ellas y que varios hombres murieron o sufrieron heridas al tratar de separarlas en jaulas individuales.

En un ambiente ensombrecido y bajo un silecio sepulcral, se subieron las jaulas a bordo del Arena Delnilo mientras al capitán Crook le hacía gracia ver la escena. Aquel incidente no hacía sino reforzar y aclarar lo que tenía en mente.

Episodio II – El principio del fin

Crook seguía cuidando de su cliente. Aunque también bajaba regularmente a la bodega para observar a los cocodrails, cuando Speck no estaba allí. Cuantas más veces iba allí, más convencido estaba de que su plan era perfecto: Speck sería víctima de un «accidente» durante el viaje, y los cocodrails pasarían a ser de su propiedad. Estas criaturas se convertirían en el colofón de su espectáculo de la arena clandestina.

Crook se inventó la excusa de que haría mal tiempo para dar un rodeo que los atrasaría unos días, lo que le llevaría planificar el accidente. Reunió a sus oficiales y, durante una noche de conversaciones maléficas, urdieron la estrategia con la que se desharían del explorador sin que pudieran sospecharlo ni él ni sus colaboradores a bordo. No podían matarlos a todos sin más mientras dormían: era demasiada la gente del continente conocedora del regreso de Speck y de su cargamento, y cualquier desaparición sospechosa daría a las autoridades una buena razón para preparar una acusación contra el capitán Crook, poniendo en peligro el más que lucrativo negocio de la timba.

Lo que se dijo fue que, la semana siguiente, el supererudito Jan Honning Speck bajaría a la bodega y moriría allí a manos de un cocodrail que habría conseguido liberarse. A continuación se abatiría a la criatura y se la entregaría a las autoridades junto con el cadáver de Speck.

Solo tres tripulantes, aparte del mismo Crook, conocían el plan. Pero las largas noches de bebida entre guardia y guardia fueron soltando las lenguas y acabó enterándose del plan casi la mitad de la tripulación. Al final, dos días antes de la fecha fatídica, uno de los mercenarios de Speck se dio cuenta de lo que se estaba tramando al escuchar, por casualidad, una conversación entre dos marineros que se habían puesto hasta las cejas de leche de bambú bien fermentada. Enfurecido por la noticia, Speck se planteó en un principio pedirle a sus hombres que intentaran tomar el control de la embarcación. Pero había muchos que estaban heridos, y los marineros los superaban con creces en número.

Así, Speck dio un paso atrás y elaboró un nuevo plan, tranquilizando a sus hombres. Debían actuar con rapidez.

Episodio III – Comer o ser comido

Speck le propuso al capitán dar una fiesta. Todos los marineros estarían invitados, pues se trataba de celebrar su regreso próximo a tierra. Él se comprometía a sufragar todos los gastos. Crook —como buen anutrof que era— no pudo rechazar la oferta. El barco atracó en el puerto más a mano. Speck fue con sus hombres a comprar viandas y bebidas. Los mercenarios, en su mayoría, se quedaron en el puerto, alegando que estaban cansados por el viaje. Crook vio en esa decisión un buen presagio para su plan de eliminar a Speck. El barco se hizo a la mar esa misma tarde. El mar estaba muy en calma, aún con algunos nubarrones en el horizonte. Speck participó personalmente en los preparativos del festejo. Cuando vio la oportunidad, introdujo algunas hierbas soporíferas en los barriles con la bebida. La fiesta fue todo un éxito. La rotación de los turnos de guardia se aceleró para que todos pudieran disfrutar de la comida y de la bebida gratis, pues nadie quería privarse de aquel maná que venía a romper con la monotonía de las comidas a base de salazones de pischis seco y de las gachas del cocinero. Embriagados y drogados, la mayoría de los tripulantes dormitaba o se quedaba dormido del todo. Las nubes se iban haciendo más amenazadoras cuanto más se acercaban. Todo estaba dispuesto. Así que Speck pasó a la acción.

Bajó a la bodega, le temblaban las manos: su determinación se enfrentaba a una prueba de fuego. Pero las opciones eran claras: comer o ser comido. Agarró su cuchillo con tanta fuerza que las articulaciones se le ponían blancas.

Se acercó a las jaulas. Ya no había vuelta atrás, lo más difícil ya estaba decidido. Huir sin más no le valdría. El barco no habría tardado al día siguiente en alcanzar la barca en la que pretendía escapar. En la oscuridad, los cocodrails empezaban a alborotarse. Speck dispuso las cuerdas de tal manera que las jaulas se abrirían a la vez. Luego sujetó las cuerdas y se encerró en una de las jaulas que estaban vacías.

Y tiró de las cuerdas. Las jaulas se abrieron. Los cocodrails dieron un sonoro respingo y, a continuación, primero con lentitud y luego a toda velocidad, empezaron a salir de las jaulas y a explorar la bodega. Dos especímenes comenzaban a interesarse por Speck cuando un ruido sordo procedente de la cubierta llamó su atención. Todos los cocodrails se dirigieron entonces hacia las escaleras. El plan estaba en marcha, el destino del Arena Delnilo estaba sellado.