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Rastreadores de Ankama

Un pequeño taller

Por Binomio2 - MEMBER (+) - 21 de Febrero de 2019 20:19:49

El rasguñar de la gubia llenaba el taller. De un vistazo podrías ver unas 5 mesas con sus propios juegos de gubias, formones, limas y sierras. En los largos estantes de la pared izquierda descasaba una extensa selección de maderas preciosas. El enorme torno brisomovil guardaba silencio. Olía a pino y abedul, mezclados con un ligero toque a ceniza. Pero, si entrases no sería esas cosas las que te llamarían la atención.

Mascaras. Cientos, miles. Por donde mirases aparecían rostros coléricos, tristes, hambrientos o risueños. Estaban como ideas nacientes en la bandeja del torno, en las mesas cobrando vida poco a poco e incluso en las vigas secando sus nuevos colores. Cuernos, colmillos, dientes cuadrados o en espiral, parecía que hubieran colgado cuadros de la mente de un loco.

El rasguño ceso. En la mesa más apartada el artesano limpio con suavidad la punta de la gubia y examino el filo con ojo clínico. Era un hombre enjuto, de piel muy pálida que dejaba entrever las venas. De manos finas pero delicadas, unos brazos finos que acababan en una camisa sin mangas, un chaleco de cuero lleno de herramientas de marcado y unos pantalones holgados muy gastados. Su máscara le cubría toda la cara excepto los ojos, escapando por detrás una abundante melena grisácea. A diferencia de la cacofonía de color que lo rodeaba su máscara sólo tenía una capa barniz y unas ligeras líneas que rodeaban la parte baja de sus ojos y descendían hasta la barbilla.

un momento su huesuda mano derecha oscilo sobre un estante de punzones. Paro y saco un punzón. Mirándolo levemente, lo giro en su mano con suavidad e introdujo la punta en un pequeño hornillo. Cuando la punta se ennegreció la acerco a la máscara. Contuvo un momento la respiración antes de marcar la nueva letra. La máscara ya estaba medio cubierta de letras ennegrecidas. Tenía seis orificios, dos para los ojos, más otro par por arriba y por debajo. Desde la nariz surgía una cresta que se convertía en un cuerno que se curvaba paralelo a la que sería la cabeza del portador. Dos hileras de agujeros alrededor de la boca tallada, donde más tarde se pasaría una cuerda de cáñamo, dando la sensación de estar cosidos.
-          Es débil
-          No estarás seguro con ella. Fallará
-          Parece que se vaya a romper
-          Es tú mejor obra, mirémosla juntos.
-          Para eso, no deberías haberte arrastrado del vientre de tu madre. 

-          ¡MAESTRO!

El hombre gris guardo el punzón con una mano mientras que con la otra cubrió su obra con un paño, mientras levanto la vista para ver a zobal que se acercaba. Su aprendiz era fornido, tostado por el sol y a pesar de su andar nervioso, de mano firme. Debía de ser algo especial por el ritmo que se agitaban los lazos de colores que llevaba por toda la ropa.

-          Maestro, ha llegado una carta para usted.- dijo mientras le entregaba un sobre marrón al artesano, el cual la abrió con indiferencia sobre un cuenco que había en la mesa causando un leve repiqueteo metálico.
-          ¿Y qué te parece?
-          Eh… son judías. – respondió mirando desconcertado el cuenco.
-          Sí ¿qué más?
-          Ejem. -  carraspeo mientras se acercaba al cuenco-  Son doce judías secas. 3 son negras y 9 blancas. Dos de las blancas tienen dos líneas trasversales y una tercera tiene una línea longitudinal.
-          Y aparte de sugerir el menú de hoy ¿te dice algo más?
-          ¿Es una especie de código?
-        Muy bien.- Una sonrisa empezó a formarse bajo la máscara del joven-  Ya te puedes retirar.- la sonrisa fue demolida en seco.
-          Puedo ayudarle en algo más – Medio imploró mientras no podía disimular las miradas que lanzaba a la figura insinuada por el paño sobre la mesa.
-          No, eso será todo.

El joven zobal hizo un asentimiento y se dio la vuelta dispuesto a marcharse. Pero al segundo paso se detuvo en seco y poniéndose tenso miro a una estantería cercana. El viejo observo como apretaba los puños pero ya conocía esa reacción demasiado bien. 

  • No he dicho nada.- En muchacho se sobresalto y se volvió a mirar
  • ¿Cómo decís? - el muchacho lo miraba desconcertado.
  • Que no he dicho nada. Ni yo ni nadie a dicho nada.- dijo con una mirada paternal.
  • Yo… creí escuchar algo.
  • Algún trozo de madera suelto probablemente. Será mejor que vayas a descansar. Se te vé tenso.
  • Sí… eso haré maestro.

El muchacho se marcho, pero con un paso mucho más ligero. El zobal lo miro la imagen que había dejado hace un segundo en el hueco de la puerta. Se paso la mano por la melena cargada de polvo y serrín. Cuando llego a la cara los ojos volvieron a cambiar a ganando la consistencia y frialdad de la piedra antes de descorrer el paño.
- Tiembla como una hoja.
- Yo lo haría una zobal de verdad.
- ¿Miramos si sus tripas son igual de blandas?

Mal asunto. El muchacho no tenía mucho talento pero era constante y trabajador. El problema no es que un hacedor de mascaras sea capaz de escuchar a los rostros pintados, el riesgo era hacerles caso.  Cogió un nuevo punzón, lo coloco en el hornillo y continuo trabajando bajo un estridente silencio.     
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